Thursday, July 31, 2008

Mártires y anticristos. Aná lisis bibliográfico sobre la Revolución francesa en España, Yvonne Fuentes

Iberoamericana/Vervuert, Madrid/Frankfurt, 2006. 204 pp. 36 €

El comienzo de esta historia podría haber sido el de una novela o película de intriga: en Estados Unidos, en el selecto y liberal Oberlin College (plano general de los elegantes históricos edificios de ladrillo, verdes praderas rebosantes de estudiantes despreocupados) aparece un manuscrito: se trata de una obra teatral desconocida sobre la muerte de Luis XVI (se oye un trueno, pasos apresurados en el piso de arriba). De su misterioso autor sólo se sabe lo que él mismo declara en su manuscrito: que se llama Vicente Alaño y Serviá y es doctor en teología y en los derechos canónico y civil (misterio, misterio). Con estos datos y la fecha de compra (entró en el Oberlin College en el curso 1931-1932, según la anotación manuscrita del bibliotecario de entonces, al que imaginamos muerto en misteriosas circunstancias), la profesora Yvonne Fuentes comienza a investigar sobre el tal Alaño y… Y aquí debería continuar una historia con criminales, el santo grial, el Opus Dei, los templarios y cosas así, que son las que encuentran los historiadores en las novelas. En realidad, allí comenzó una paciente y (suponemos) aburrida investigación que prosiguió en los archivos y las bibliotecas de Europa y América: esta obra teatral de Alaño será la que lleve a la profesora Fuentes a intentar establecer un catálogo exhaustivo de textos escritos o publicados en la España de finales del XVIII y principios del XIX que versen sobre la Revolución Francesa. El libro que reseñamos hoy (Mártires y anticristos. Análisis bibliográfico sobre la Revolución francesa en España) es el fruto de ese largo trabajo.
En la larga lista de documentos de los que se da aquí noticia (pero que no se transcriben) hay textos de toda clase: comedias, poemas, pastorales diocesanas, reales cédulas, sermones, oraciones, estudios militares, etcétera, siempre con la indicación del archivo o biblioteca donde se conservan y sus signaturas. Estamos, pues, ante una obra dirigida a un público especializado, interesado en profundizar en las fuentes originales: el libro, en este aspecto, es de un valor inapreciable pues ofrece infinitas pistas e información precisa al investigador.
Pero la obra es más que un amplísimo catálogo de referencias: también aporta un estudio sobre cómo se conformó y evolucionó la opinión pública española ante la Revolución Francesa. Este ensayo abre el libro y tiene las virtudes y los defectos de los textos académicos: todos los datos aparecen escrupulosamente documentados, hay gran profusión de notas a pie de página, gráficos de porcentajes sobre un volumen de datos ínfimo, citas y más citas encadenadas. Fuentes llega a la conclusión de que los acontecimientos revolucionarios en Francia no fueron percibidos al principio como algo amenazante para España: al contrario, el país vecino seguía siendo un referente para los españoles, que no dejaron de ver en Francia un país moderno, refinado y progresista. Serán los acontecimientos bélicos posteriores (la Guerra de Independencia) y el reinado absolutista de Fernando VII los que determinarán la identificación de lo francés con lo antiespañol y lo anticristiano y, retrospectivamente, contaminarán con esta imagen a todo el proceso revolucionario y sus partidarios en nuestro país, llegando hasta a desacreditar a los reformistas ilustrados.
Como hemos dicho más arriba, no se trata de un libro de divulgación histórica: los lectores potenciales de esta obra son pocos y muy especializados, pero merece la pena que se conozca la existencia de esta publicación.

Qué me cuentas. Anto logía de cuentos y guía de lectura para jóvenes, padres y profesores, Amalia Vilches (ed.)

Páginas de Espuma, Madrid, 2006. 368 pp. 16 €


Qué me cuentas es, ante todo, un libro didáctico dirigido a los profesores y los alumnos para fomentar la lectura en las aulas. Pero también puede resultar muy útil para aquellos que quieran sumergirse en las entrañas del proceso de la escritura. La autora elige como arma didáctica el género literario del relato corto ya que, como nos explica en la “Nota previa”, «a causa de su brevedad, es muy cómodo para trabajar en las aulas, más atractivo para el escolar que puede leerlo en poco tiempo y ser receptor de una pieza completa que se ajusta al ritmo de la vida moderna. Cada relato, un universo cerrado en sus manos, un chispazo rotundo, ya sea un cuento esférico, a la manera tradicional, o un espacio abierto a lo Carver».
Para esta antología la autora escoge relatos de dieciocho escritores actuales de un total de trece países de habla hispana como Andrés Neuman, Diego Muñoz Valenzuela, Félix J. Palma, Milia Gayoso, Helvecia Pérez, Ana María Shua, Mercedes Abad, Carlos Castán, Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón, Ángel Zapata y Fernando Iwasaki, entre otros. Podemos decir que en la acertada elección de los cuentos radica la clave de la agilidad del libro y la capacidad para enganchar al futuro lector. Una selección sugerente y sensible de relatos que destacan por su calidad.
La autora también ha buscado cuentos de los que se puedan extraer enseñanzas, y que conectan con las preocupaciones de los jóvenes lectores. Además dan pie al debate en las aulas de temas que preocupan a los jóvenes como el amor platónico, la vida en la escuela, las desigualdades sociales o la pena muerte. Incluye varios microcuentos como los de Ana María Shua, tan elaborados como sugerentes, originales exponentes de este género.
Editado por Páginas de Espuma, el objetivo primordial de la autora es ofrecer material a los profesores, los padres y los alumnos para lograr engancharles al carro de la lectura. Se encuadra en la órbita de la oleada de nuevos textos y guías para crear lectores jóvenes y combatir el ataque de la era audiovisual. Su autora, Amalia Vilches, es profesora de Literatura en la UNED y ha sido Mención Honorífica a la investigación educativa del MEC en 2001 por su trabajo Tiburones literarios, un camino para la enseñanza. Su actividad docente se ha orientado ha fomentar la lectura en centros escolares y por ello nos ofrece en este libro las pautas necesarias para montar un taller para trabajar la lectura en las aulas. Ella misma nos explica que su meta ha sido «fomentar la lectura en los estudiantes que no se acercan a ella con la frecuencia deseada, entre otras causas por la competencia de los medios audiovisuales y de la cibernética; servir de apoyo al profesor para la enseñanza de la literatura; despertar el espíritu creador en los alumnos con actividades amenas y variopintas».
El libro sigue la estructura convencional y estructurada de un libro de texto y comienza con una descripción de los orígenes del cuento, una exposición de las características fundamentales de este género literario y un breve recorrido por su situación en los países de los escritores elegidos. A continuación nos ofrece una reseña biobibliográfica de cada escritor y una interesante entrevista sobre su relación con la literatura. Después se incluye el relato o los relatos elegidos de cada escritor acompañados de unas actividades didácticas, que abarcan tanto aspectos lingüísticos y literarios como propuestas de escritura, reflexiones y debates sobre temas de interés para los jóvenes lectores.
Qué me cuentas en una buena propuesta de taller literario para las aulas pero también para todos aquellos que quieran profundizar en la naturaleza y la dinámica del relato corto, y que deseen conocer la trayectoria de estos escritores del panorama literario actual.

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El cadáver ar repentido, José María Guelbenzu

Alfaguara, Madrid, 2007. 400 pp. 19,50€

Dos vertientes narrativas viene trabajando José María Guelbenzu con asiduidad desde hace varios años o varias novelas: De un lado, obras como Un peso en el mundo, un autentico tratado literario por cuanto significó un punto y aparte en una manera de ver y entender la literatura por el autor. De otro, obras aparentemente menores pero de igual densidad sicológica que la anterior como No acosen al asesino, La muerte viene de lejos o la mas reciente El cadáver arrepentido, que encuadradan en el genero negro, (para muchos erróneamente) vienen a demostrar la ineficacia de los mismos a la hora de enjuiciar una novela.
José María Guelbenzu sabe cómo tratar y perfilar a los personajes, sabe cómo dotarles de la carga emocional necesaria para mantener la tensión y, lo más importante, sabe cómo, manteniendo la intriga, llegar a un desenlace no por esperado menos impactante. En esta ocasión, la juez Mariana de Marco, vieja conocida de los lectores, debe resolver, cómo no, un insólito caso en el que se ve involucrada una vieja amiga de facultad. Suspense y humor a partes iguales dotan a El cadáver arrepentido de ese carácter propio de las novelas llamadas a ser resultonas. Y como en toda novela negra que se precie, tenemos cadáver en sus primeras páginas.
¿Qué es una novela negra sin cadáver?, se preguntarán. Pues nada, efectivamente. Nada…, o casi nada. Porque el cadáver y cuanto acontece en sus primeras paginas se diluye con el relato posterior en el que el autor nos sumerge en un secreto tan bien guardado que resulta hasta inverosímil en algunos momentos. Un secreto que nos llevará progresivamente desde el momento actual a principios de siglo, a los tiempos de la I Guerra Mundial, de la Guerra Civil española, de la posguerra…. y todo ello envuelto en un cúmulo de azarosas y maledicientes relaciones, infidelidades y venganzas.
El tiempo lo cura todo, aparentemente, y con el paso del mismo la juez Mariana de Marco se dirige a la boda de la amiga de su infancia, Amelia, boda que habrá de celebrar con el nieto del antiguo administrador de la finca de los Fombona, finca toledana en la que habrá de aparecer el cadáver antes mencionado. Una boda consentida aunque a todas luces polémica e incluso diríamos que sospechosa, por cuanto no hace sino revivir la ocurrida muchos años atrás entre los abuelos de los propios contrayentes. Y una boda rodeada de misterios: el cadáver aparecido en la finca en actitud suplicante, arrepentido, la propia madre de la novia repentinamente fallecida….
Una de las virtudes de El cadáver arrepentido, es que por fin su autor se ha atrevido a presentarnos el pasado de la protagonista de sus tres últimas novelas, la Juez Mariana de Marco, extrayendo de ello que se trata de un personaje tan atormentado como podríamos suponer, e incluso, si me permiten la licencia, hasta cierto punto acomplejado. Pero eso será motivo de otra historia o reseña en su momento, posiblemente con la cuarta entrega de las andanzas de la juez. Lo cierto es que El cadáver arrepentido es una novela atractiva, interesante, que se lee con gusto y aunque en ocasiones tiende a perderse dadas las ramificaciones familiares de los personajes y las peculiares relaciones que se establecen entre ellos, no por ello deja de mantener el suspense. Sin duda, el personaje Mariana de Marco, aun habrá de darnos muchas alegrías (literarias) en el futuro

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En el remo lino, José Antonio Labordeta

Presentación de José-Carlos Mainer. Anagrama, Barcelona, 2007. 136 pp. 14 €


Lo malo de este asunto es que habrá quien se sorprenda. Hay que alegrarse, desde luego, de que la publicación de esta extraordinaria novela en una editorial como Anagrama vaya a descubrir a muchos el talento literario de su autor, pero es triste que a estas alturas todavía haya tanta gente que no sepa de quién hablamos exactamente cuando hablamos de José Antonio Labordeta. Aparte de un hombre entrañable y queridísimo por todos aquellos que merecen quererle (entre los que se cuentan, incluso, muchos —¡no todos…!— de sus adversarios políticos, dentro y fuera de Aragón) y de un diputado de actitud intachable (mientras esté él en el Congreso podremos estar seguros de que hay, al menos, un hombre honrado allí dentro, y ya es triste tener que conformarse con tan poco…), es un creador de una brillantez particularísima, en varios campos. El que le ha hecho más popular es la canción, pero seguramente es en la literatura donde más profundidad (y altura) ha conseguido, y probablemente serán sus libros lo que le haga perdurar como merece.
Ya la editorial Lumen consiguió hace veinticinco años juntar en la muy recomendable antología de Poemas y canciones a Labordeta y José-Carlos Mainer, que son hoy dos de los zaragozanos vivos más dignos de admiración. Anagrama (cuyo catálogo es definitivamente fundamental para comprender lo que ha pasado literariamente en las últimas décadas) vuelve a reunirlos para dar a luz En el remolino, una novela de apenas cien páginas, que es, sin embargo, una enorme novela. Trata, en efecto, de la guerra civil, pero no es otra novela sobre la guerra civil (ni, desde luego, Otra maldita novela sobre la guerra civil como esa que anuncia Isaac Rosa), sino que vendría a relatar algo así como un episodio de violencia “intrahistórica” en un pueblo indeterminado (pero del ámbito aragonés, como delatan ciertas expresiones: “Las perricas”, “¡Rediós!”…), que coincide (y desde luego que no por casualidad, ni dentro del relato ni en las intenciones de su autor) con el comienzo de la guerra. Un episodio de violencia entre vecinos de una aldea, que viene a resolver trágicamente rencores y agravios del pasado, funciona como metáfora y denuncia de lo que sucedió en aquel julio de 1936. La chulería y agresividad gratuita de Severino, ayudado por la apatía y el miedo del juez y el sacerdote, inician el desenlace de conflictos muy antiguos, de los que nos vamos enterando poco a poco, gracias a los inspiradísimos monólogos interiores de los personajes, que delatan personalidades torturadas por circunstancias y destinos no elegidos, y nos hacen comprender su humanidad cansada, sufridora, derrotada.
Es una gran idea haber reproducido en la cubierta el Duelo a garrotazos de Goya —otro ilustre zaragozano— porque hay mucho de eso En el remolino: violencia extrema entre gentes que —si bien se mira— es evidente que no quieren pelear y lo hacen con indolencia, que no tienen ninguna razón para verse en ese trance, pero que parecen estar respondiendo a un maldito destino que les obliga a ello sin que puedan evitarlo o sobreponerse a él. La visión de la condición humana no es muy halagüeña en estas obras, pero hay personajes que en su inocencia o en su tranquilidad parecen redimir un tanto la caída en el salvajismo de sus vecinos. Angelito, por ejemplo, aterrado por el espectáculo de la muerte de su hermano Severino (y pocas veces la elección de dos nombres habrá sido tan obviamente significativa) y por la inmediata venganza que se prepara; o el carretero, alguien que, por ir continuamente de un pueblo a otro, escuchando y observando a todos, ya intuía que iban a pasar cosas malas “con esa tristeza sensata que nace en los caminos”, y que acaba ejerciendo como una especie de Caronte que lleva los cadáveres a su destino final mientras se entretiene con sus resignadas y cautelosas meditaciones…
Mainer habla con razón de “relato faulkneriano”, pero también hay algo del mejor Rulfo, o se nota que Labordeta ha sacado buen provecho a Joyce, y no sólo a los juegos psicológicos del Ulises sino a su mejor cuento, ya que, como la nieve del irlandés, “cayó la lluvia a ríos, a lagos, a espuertas y anegó el vientre de los vivos y las bocas difusas de los muertos”. En el remolino es una novela estupendamente escrita en todo momento (¡cómo se desarticula la sintaxis conforme se apaga la vida, en las meditaciones de quien está apunto de ser fusilado, y cómo le vemos caer, le oímos caer, le leemos caer, narrándonos él su propia muerte!; ¡cómo —“pobre vieja mula amiga”— están usados los adjetivos!…) y, aunque apenas ha comenzado el año, su aparición deberá reconocerse, cuando toque hacer recuento, como lo que sin duda será y ya es: uno de los hitos editoriales de 2007.

Los últimos días de Thomas de Quincey, Ra fael Ballesteros

DVD Ediciones, Barcelona, 2006. 223 pp. 12,40 €


Decía Cifran que lo que realmente importa no es la vida, sino la representación de esa vida. Y eso es lo que ha hecho el poeta y narrador malagueño Rafael Ballesteros en esta novela de guiño documental, con la que intenta acercarle al lector el semblante y las sombras que persisten detrás del reflejo literario y humano de Thomas de Quincey. El autor de célebres novelas como Confesiones de un comedor de opio y Del asesinato considerado como una de las bellas artes, y cuya obra literaria representó una forma de rebeldía y su vida una rectificación de la realidad, a través del juego de espectros y alucinaciones, unido a su afición y dependencia del opio, que vislumbraron su rechazo emocional de la realidad y su militancia en el movimiento romántico. Un universo, este último, que responde principalmente a tres vectores fantasmagóricos, que marcaron la obra y la existencia del famosos escritor, como fueron las formas femeninas de su juventud, los barroquismos orientales y la mitología clásica.
Fijadas estas nociones fundamentales, junto con el hábito al opio que se inició en 1804 a raíz de un pertinaz dolor de muelas, se hace más fácil entrar en las cinco miradas/voces que Ballesteros utiliza para revelar el desgarro y la trastienda del alma de Thomas de Quincey. Cuatro voces, perfectamente hilvanadas, diferentes y dotadas de cómplice credibilidad y de cierto valor confesional, con las que el narrador malagueño va desgranando hábilmente y con la pulcritud de un lenguaje definido por el tempos propio de Henry James, los contornos, vericuetos y contraluces de la figura emocional y literaria (igual que si estuviese construyendo las piezas a encajar en un puzzle) de un hombre que tuvo una infancia feliz, aunque marcada por la muerte de sus hermanas, una adolescencia tormentosa y una madurez nunca consolidada.
Tres pilares de una vida que Ballesteros recorre transformándose sucesivamente, adecuando el tono de la mirada y de la voz, en la madre, la amante, el padre y la esposa de Quincey con la intención de revelarnos la sensible personalidad del escritor, las aristas más misteriosas de su carácter, los condicionantes que forjaron su carácter y su mundo y también algún que otro secreto familiar. Así, la madre adentra al lector, al modo de los cuadros de Vermeer, en la intimidad doméstica, en la formación intelectual de sus hijos, en la fragilidad de la salud de sus vástagos con sus dolorosas consecuencias, en su afición a la música clásica, en la relación con su esposo, marcada por los convencionalismos, silencios y gestos sentimentales de la época, y en su devoción por el hijo retraído y solitario. El padre será el encargado de desvelarnos la visión masculina de la necesidad y obligación de tomar decisiones firmes y de tener una voluntad infatigable, su doble moral dividida entre el amor respetuoso y a veces hasta tierno y cómplice con su esposa y la secreta preferencia por el fetichismo sexual, además de su animadversión hacia el carácter soñador y enfermizo del hijo a quién educa en la superación de los miedos mediante relatos espectrales que dejarían huella en la posterior vida literaria y personal del escritor. Ann, la prostituta de dieciséis años con la que el escritor inglés compartió contraluces en Londres, representa la voz que nos descubre los resortes y resquicios interiores de la sentimentalidad, de la sexualidad y de los sueños del joven y frágil De Quincey y cuyo contrapunto es la fuerza, el sacrificio y la generosidad de la mujer —esposa que siempre apoyó al escritor, desempeñando el vínculo con la realidad y el valor e inteligencia para administrar las penurias y los reveses de una existencia tan difícil y a merced de los vaivenes, como también lo fue la carrera de De Quincey, y su dependencia del opio y de los fantasmas interiores.
El resultado final es una novela interesante, narrada con el minucioso estilo del mejor Henry James y una perfecta dosificación in crescendo de las aristas de un escritor, cuyas piezas terminan encajando en el último capítulo en el que la propia voz de De Quincey nos aproxima a su adicción, a su mundo afectivo y familiar y a su compleja relación con la muerte. Con todo ello, Rafael Ballesteros, contribuye a desmitificar la “leyenda” de un escritor de quién nos ayuda a interpretar y comprender su faceta más humana

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Un ex traño envío, Julia Otxoa

Menoscuarto, Palencia, 2006. 168 pp. 13 €


En Entrevista a Jules Feltrinelli, uno de los cuentos que se recogen en la antología que nos ocupa, el entrevistado responde: «Acostumbro a respirar en la perplejidad de cosas que no entiendo». Si no fuera demasiado categórico, diría que en esta verdad tan dubitativa descansa la columna central de todo el edificio que Julia Otxoa ha venido levantando durante años. Cuando la leí no pude por menos que subrayarla, acotarla y, si se me permite, adoptarla. Lo mismo que a un niño venido de lejos. Aunque espero que el desenlace de la adopción internacional no sea el mismo que en Leyendas, también en esta colección. (Les dejo con el enigma, no dejen de leerlo, especialmente los que anden en procesos de adopción.)
Cuando leí la bendita frase señalada supe que me encontraba en mi elemento, que la literatura de Julia Otxoa bebía del río de los grandes: Cervantes, Kafka, Chéjov, Melville, Italo Calvino, Córtazar, Pessoa…, autores que Otxoa pone como cabecera de su recopilación en Todo empezó en un armario. Y especialmente Kafka: acostumbrarse a despertar y tener a dos tipos a los pies de tu cama y decirte que estas procesado sin saber cuál es la causa que se te imputa, ni por qué, ni dónde, ni cuándo, y, repito, acostumbrarse a respirar con esa adherencia mortal, aceptar y consentir… La actitud es voluntariamente pasiva, pero probablemente no haya mejores maneras de habitar este mundo en muchas ocasiones incomprensible.
Los mejores cuentos de esta antología se articulan en esa aceptación, a veces hasta placentera, de lo inverosímil, de lo absurdo. Así Longevidad, Cerdos y flores, Un extraño envío o El estanco, por mencionar sólo unos pocos de los que señalo con un puntito en su índice. Lo que viene a significar que, aunque olvide el argumento, sé que volveré a leer y volveré a señalar con otro puntito y así en un viaje circular, o una firma obsesiva, por utilizar un par de imágenes robadas a la autora. El dueño de un estanco abre todos los días las puertas de su establecimiento sabiendo que miente a todos sus clientes habituales: no tiene sellos ni locales ni nacionales ni internacionales. Pero ellos se dejan convencer, mañana, a lo más pasado están aquí… Y así llevan una década. Hasta que alguien decide responder al vecino y montar un proceso de respuestas autárquico, en el barrio, cambio de identidades, locura colectiva, y vivir vidas ajenas. Un delicia de relato, emocionante.
El absurdo llega a invadir el territorio de lo fantástico en cuentos de dragones con un agradable regusto naïf, como La primavera del dragón, donde un bombero, en vez de apagar fuego, le entran unas ganas terrible de echar fuego por la boca. O ese gato siamés que defienden su integridad comiéndose lentamente a sus dueños. O el impagable Cerdos y flores, donde el cruce de los cartas nos pone al corriente de las vicisitudes de una “cerda metafísica” que necesita comer flores y de cómo su dueño, el porquero, defiende sus actos ante el jardinero malencarado.
Absurdo que también es infeliz incomunicación en algunos relatos abruptos, con final sangriento y cruel, como si de una ceremonia de sacrificio se tratara. El juez asesino de Santa Reparata, el pobrecito ratón Horacio, o lo comedores de palomas dan cuenta de ello.
Por supuesto quien transita por los territorios oníricos de lo absurdo no puede por menos que tomar el lenguaje, la incomunicación, el significado de las palabras como fuente inagotable de tales desvaríos. Son fantasmas como los de Schopenhauer que nos obligan a meternos en el laberinto de los diccionarios y no nos permiten salir con vida de ellos. Me refiero a Sobre las visiones de fantasmas que cierra la recopilación.
La belleza incuestionable de algunos de los relatos más breves está motivada por el cruce de caminos. En la intersección de los senderos que se bifurcan de la poesía y la narrativa nacen híbridos de naturaleza extraña como Un infinito paisaje de huellas entrecruzadas, en palabras de la autora. Así en Weil donde la autora nos da cuenta de los carpinteros de esta localidad que llenan los árboles de pájaros de madera y que cantan cuando son quemados.
Julia Otxoa mima sus cuentos como verdaderos hallazgos extraídos de ese territorio mestizo de la poesía y de la narrativa. Sería algo así como ese estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, donde las leyes de lo verosímil saltan por los aires y el personaje con nombre apenas de inicial (homenaje al Joseph K. kafkiano) acepta respirar en ese leve cruce lo que dura la eternidad de un buen relato breve.
Pero vayamos, si es que es posible, al principio. La edición de Un extraño envío (relatos breves) que, como es habitual en su colección Reloj de arena, Menoscuarto mima en todos los detalles, recoge una sugerente antología de cuentos de la autora que han ido apareciendo en entregas anteriores. Deseamos que esta edición coloque a Julia Otxoa en el lugar que le corresponde, dentro de los mejores cuentistas nacionales y que Menoscuarto, especializada en el relato breve, continúe arriesgando en esta y otras aventuras editoriales.

La prin cesa de la luz 1. La esclava de la Puerta, Jean-Michel Thibaux

Trad. Andrea Solsona. Roca Editorial, Barcelona, 2006. 332 pp. 21 €


Tras el éxito de El misterio del priorato de Sión —un serio y elaborado punto de referencia para tanto código-da-vinci como ha inundado nuestras librerías—, el francés Jean-Michel Thibaux ha publicado en España La esclava de la Puerta, primera parte de la serie La princesa de la luz, donde demuestra una vez más sus excelentes condiciones para la novela histórica (recordemos su fantástica Les âmes brûlantes, ambientada en la primera cruzada, y aún no traducida al español).
La esclava de la Puerta reúne todos los elementos que conceden con dignidad a una novela el apellido de “histórica”: un buen asunto, una excelente documentación, una buena prosa y, lo más difícil, la capacidad de transmitir al lector una atmósfera determinada que le permita viajar en el tiempo, disfrutar y, al mismo tiempo, aprender algo más sobre nuestro pasado colectivo.
Posiblemente en ello influya la propia personalidad del autor. Jean-Michel Thibaux aúna una sólida cultura y una vida aventurera que comienza cuando abandona su cargo de artificiero de la Marina francesa y se dedica a viajar por medio mundo, acumulando experiencias y referencias culturales que nutren su vocación de escritor. Por otra parte, es comunicador de medios escritos y audiovisuales y ha ejercido como profesor de Antiguas Civilizaciones en la Escuela Superior de Arte y Comunicación de París. Tiene, pues, una gran capacidad didáctica y comunicadora que imprime carácter a sus novelas y que se evidencia en el hecho de que Thibaux no falsea los hechos históricos a conveniencia de la narración, sino que los convierte en el telón de fondo que ambienta y hace creíble las historias que, con su prosa directa y ágil, parece contar al oído del lector.
En este caso, el asunto es la peripecia personal de una acomodada joven veneciana, Cecilia Vernier-Baffo, que vivió entre 1525 y 1587, que fue raptada siendo adolescente para ser destinada al serrallo del sultán Selim II y que, tras convertirse en su favorita, acabó los días como Nur-banu, es decir, “Princesa de la luz”. Una personalidad prácticamente desconocida y fascinante que, además, es la excusa perfecta para pasear por la rica Venecia del siglo XVI, cruzar con sigilo la Puerta otomana, pulular por el interior de Topkapi y navegar por un Mediterráneo pleno de corsarios y aventura.

Si a ello se añade una rigurosa documentación y un magnífico estilo literario, La esclava de la Puerta, además de ser una buena novela, se convierte en una excelente ocasión para conocer un poco más las raíces históricas que han hecho de Oriente y Occidente dos mundos paralelos y antagónicos que, sin embargo, están condenados a entenderse.
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Fiesta en la os curidad, Diego Jesús Jiménez

Lectura de Pedro Luis Casanova. Bartleby, Madrid, 2006. 71 pp. 11 €


La reedición de Fiesta en la oscuridad (1976) se lleva a cabo en el ámbito de la colección Lecturas 21 de la editorial Bartleby: este proyecto tiene como objetivo rescatar fragmentos, ya descatalogados, de la obra de autores como Ángel González, Antonio Gamoneda o Félix Grande y, al mismo tiempo, actualizarla a través de la lectura de jóvenes poetas como Elena Medel, Carlos Pardo o Manuel Vilas. Se trata de conjurar el olvido y de poner en evidencia los prejuicios sin los que es imposible que se desencadene ningún proceso de lectura. Un libro nunca es el mismo libro. Lecturas 21 desacraliza —quizás el verbo sea exagerado porque ¿hasta qué punto se puede olvidar la palabra ritual?—, humaniza, aproxima los textos sagrados al lector inexperto, al lector joven y también a ese lector resabiado, que tiene más conchas que un mejillón, sometiéndolos a una lectura “profana” —para gran escándalo de algunos sacerdotes y/o iniciados que creen que sólo unos pocos tienen derecho a interpretar la Biblia de Gamoneda, González o Grande…—, a la vez que crea un espacio para que las voces nuevas accedan a esa profesión de votos culturales que pueda llegar a legitimarlos en el peliagudo campo de la poesía española actual. La iniciativa de los editores es arriesgada, inteligente —al mismo tiempo, “de cajón”— y esperamos que, con su vocación de matar dos pájaros de un tiro, consiga el éxito, siempre minoritario, del que disfrutan los libros de poesía.
En este contexto, Pedro Luis Casanova (1978), en sintonía con otros estudiosos como Molina Damiani o Manuel Rico, lee impecablemente el tercer poemario de Diego Jesús Jiménez (1942) desde una perspectiva política de repulsa a la represión franquista y de crítica frente a los derroteros por los que navega la transición española. El riesgo que asume Diego Jesús Jiménez es doble, porque mantiene abierta la herida moral, el posicionamiento ético, de la palabra poética y lo hace, además, desde una opción estilística que exige un esfuerzo de interpretación simbólica por parte de un lector que, a la altura del año 76, vivía en el momento de canonización de la ideología encubierta de ciertos poetas metidos en el saco de los novísimos, y a comienzos del siglo XXI se complace en la comodidad de la línea clara y de la legibilidad. Se trata de un riesgo ético y estético que Pedro Luis Casanova analiza sobre la coordenada de la historia de España a finales del siglo XX. Pero, más allá de la exégesis de Casanova, es necesario subrayar la singularidad de un poeta como Diego Jesús Jiménez que, pese a haber sido galardonado en dos ocasiones con el Premio Nacional de Poesía —por Coro de ánimas (1968) y por Itinerario para náufragos (1997)— y a causa de su posición excéntrica respecto a las líneas de fuerza de la poesía española de fin de siglo, todavía no ha sido lo suficientemente reivindicado…
A través o en el reflejo del ojo de un ciervo muerto, el poeta nos deja entrever la fiesta en la oscuridad: la muerte, el sexo, lo soñado, la experiencia de la naturaleza y la experiencia visionaria, esa realidad que escapa de los límites de su entrada enciclopédica y siempre es más laberíntica de lo previsible. Los fantasmas, los ecos, la vivencia del arte (“Sueña el recinto/ venenoso del verde…” en “La lágrima de San Pedro de El Greco”), lo que se desea, todo aquello a lo que se le tiene miedo configuran un concepto hiperrealista de la realidad en el que la exhaustividad y el primer plano total desfiguran los contornos legibles para el ojo humano. La realidad es objeto de una crítica que se opera a través de la emoción, de las visiones y de la conciencia. Es ésta una poesía versicular y surrealista, que se sobreexpone en su enunciación desgarrada, en su tono mayor que no permite las medias tintas ni los paños calientes y que sin embargo está llena de sutileza, profundidad y capacidad de penetración: pelamos una fruta, quitamos la corteza a un árbol, excavamos un hoyo en la tierra, practicamos una autopsia. El carácter visionario de la poesía de Diego Jesús Jiménez es una forma de neorromanticismo cívico que acalla el susurro, la voz bajita, de ciertos modos pseudomodestos de ciertos poetas de la experiencia —no todos: tampoco hay que despeñarse por esa forma, navajera y tan habitual en el campo de la poesía, de la simplificación que descalifica todas las voces que conforman una determinada tendencia o grupo—; lo que ocurre es que, a veces, la línea clara es insuficiente para expresar la conmoción y el aprendizaje del ser humano frente a la naturaleza, incluso frente a la naturaleza más familiar, como en “Amanecida en Cuenca”: los paisajes de Jiménez no son caballos que abrevan a la luz de la luna, así lo sugiere Casanova al alejar estos versos de la etiqueta camp, que sirvió para calificar algunas muestras de la obra de poetas tan sobresalientes como Antonio Martínez Sarrión.
Fiesta en la oscuridad nos presenta a un poeta que es un pintor y que es un “disfrutador” hiperactivo de la experiencia estética, como único recurso para conjurar el olvido y revolver la vida y a la vida: “En la pintura de El Bosco”, un pintor cosmogónico está en la mirada, en la realidad consciente y subconsciente de un poeta cosmogónico; la creación de mundos, el imaginario de Jiménez —la luz, la sombra, la iluminación, la caza, los pájaros con significados polimórficos y deslizantes—, es un procedimiento para entender el mundo interior de cada ser humano. Pero no lo olvidemos, la poesía de Jiménez es íntima y elegíaca (“¿Por qué siempre lo que se vive es el recuerdo?”), como la de Eloy Sánchez Rosillo, como la de Marzal o la de Vicente Gallego, pero también es inevitablemente dialéctica: igual que no sólo la luz es suficiente para iluminar los sentidos, tampoco se pueden desvelar los interiores sin atender al ruido de fuera, al exterior, a los manicomios y a los hospitales de esta Fiesta en la oscuridad, en definitiva, a la intemperie triste de la Historia.

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De re coquinaria. An tología de recetas de la Roma Imperial, Marco Gavio Apicio

Edición de Attilio A. Del Re. Traducción de Juana Barría. Ilustraciones de Serena Palazzi. Alba, Barcelona, 2006. 295 pp. 39 €

Cuando se evoca un banquete romano, los lectores de Petronio no podemos dejar de pensar en aquellas pantomimas excesivas del banquete de Trimalción, en El Satiricón. No es inapropiado el ejemplo, puesto que en aquella recreación burlesca de una velada gastronómica patricia, pueden apreciarse ya muchos de los refinamientos que encontramos en este tratado “de las cosas de la cocina”, que pasa por ser el primer manual gastronómico de la historia. No es del todo exacto: hubo uno anterior griego, de quienes los romanos tomaron las técnicas y gran parte de los ingredientes, y que luego se encargaron de engordar —lo mismo que sus caprichosos estómagos— a fuerza que engordaba también el Imperio.
Las biografías de los gastrónomos romanos son tan jugosas como las aportaciones que hicieron a las mesas de sus conciudadanos, o a las nuestras. Tenemos, por ejemplo, a Lucio Licinio Lúculo (117-57 adC), a quien por lo visto se debe la aclimatación del cerezo al clima europeo. O Vitelio, famoso por su glotonería, de quien se cuenta que llegaba a consumir 1.200 ostras en un solo banquete. Una flota entera abastecía su mesa y según contó Plinio el Viejo, gastaba una verdadera fortuna —1.000 millones de sestercios al año— sólo en la materia prima de sus banquetes. Se suicidó, por cierto, cuando temió que su tren de vida se viera afectado por la disminución de sus rentas.
Marcus Gavius Apicius (25 adC-?), el autor de este recetario, no fue menos particular. Vivió durante los reinados de Augusto y Tiberio. Era conocido por sus costumbres sofisticadas y su gusto por lo exótico, además de por ser el inventor del paté de foie y por incorporar a sus recetas algunos elemetos exóticos. Entendámonos: “exóticos” a la manera romana: aquellos a quienes se dirigían estas recetas no conocían los cítricos —salvo el pomelo—, utilizaban el arroz sólo como espesante para salsas y aún tardarían unos catorce siglos en atreverse a comer una alcachofa. Por supuesto, en su dieta faltaba todo lo que llegó de África (café, plátanos, berengenas…) y de América (tomate, patata, pimiento, pavo, alubias, judías verdes, cacao…). En cambio, eran aficionados a las especias que llegaban de Asia, las hierbas, las frutas y verduras, y a algunos manjares entonces muy sofisticados: las lenguas de loro, la vulva de cerda estéril o el garum, una salsa a base de pescado fermentado que se producía en algunas ciudades españolas —Tarraco y Cartago, sobre todo— como en ninguna otra parte.
Entre las dificultades de la lectura de este manual, tenemos todos aquellos ingredientes que se conocían en la Roma imperial y que no han llegado hasta nosotros. El silfio, una droga que Nerón consumía con gusto y que se utilizaba sobre todo en la cocina, hoy extinguida. O la oveja salvaje italiana, que corrió la misma suerte. También hay dudas a la hora de interpretar las fuentes: no se conocen con exactitud a qué se refieren los nombres de ciertos ingredientes. Desconocemos las diferencias entre los distintos tipos de pan que cita el autor, o entre un embutido y otro. Igualmente, no sabemos cuál era la receta exacta del tan apreciado garum. Como no ha sido posible averigiar a qué personajes corresponden exactamente los nombres que en ocasiones da el autor como inventores o enriquecedores de las recetas.
El original sufrió una suerte azarosa. Fue adulterado, desmembrado y enriquecido en diversas épocas. Las últimas aportaciones podrían ser del siglo VIII, aunque tampoco se sabe con seguridad. Queda suficientemente subrayado, pues, que no se trata de un manual de cocina al uso, ni de un libro fácil. Ni por su lectura ni por las recetas que contiene, aunque no hay que descartar el experimento de probar alguna de las más asequibles, como la de los caracoles a la cazuela o las múltiples maneras de preparar los cardos.
La edición que ha elegido Alba está más dirigida al comprador de regalos navideños que al lector de clásicos. No se puede negar que es hermoso ese gran formato, como lo son las ilustraciones de Serena Palazzi a partir de frescos y mosaicos de la época imperial. Pero se echa en falta algo más. Un buen prólogo, por ejemplo, más centrado en el lector español, que complemente el más ajeno de la edición italiana; asimismo, algunas notas al final de los capítulos habrían ayudado a rellenar lagunas. Tal y como está, el libro se convierte en un extraño término medio: resulta excesivo para quienes buscan un libro de cocina —incluso para los más intrépidos— e insuficiente para quienes desean arqueología de los fogones.
Con todo, es la única edición de la obra de Apicio que puede encontrar el lector interesado. Y sólo eso ya la convierte en digna de atención.

El mi nisterio del dolor, Dubravka Ugresic

Trad. Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek. Anagrama, Barcelona, 2006. 300 pp. 18 €

Una de las mayores tragedias ocurridas el pasado siglo fue la guerra de los Balcanes. Yugoslavia quedó segmentada y en ella sucedieron algunos de los episodios más trágicos del pasado siglo XX. Muchos de sus habitantes tuvieron que marchar a buscar fortuna a otros países, entre ellos, Dubravka Ugresic (y los personajes de este libro). De esta escritora croata ya se habían publicado en España dos obras: la novela El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003) y el interesante libro de artículos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004).
La desintegración de Yugoslavia deja a gran cantidad de gente diseminada por diversos países que, pese a sus supuestas diferencias, proceden de un lugar común que les ha marcado. La búsqueda de esos recuerdos nostálgicos se convierte en la clave para que las personas sientan que tienen más aspectos en común que diferencias entre ellos. La patria que ya no existe, la «ex-Yugo», se muestra como algo que va más allá de un espacio físico.
“Estábamos en todas partes. Y ninguna historia era lo bastante personal ni lo bastante conmovedora, porque la muerte ya no conmovía a nadie. Había habido demasiadas muertes”.
Tanja Lucic consigue un trabajo como profesora interina de lengua y literatura serbio-croata en la ciudad de Amsterdam. Sus alumnos son exiliados, desarraigados en un país extranjero, cuyo origen se encuentra en los nuevos países que han surgido tras la desintegración de la antigua Yugoslavia y que les cuesta reconocer como propios, porque cambian demasiado deprisa y desaparecen sus puntos de referencia. Los trabajos que consiguen en Amsterdam son precarios y mal remunerados. El trabajo mejor pagado (en negro, por supuesto) es el que conocen como el del “Ministerio” y que consiste, contra lo que podría parecer, en trabajar en un taller de ropa para sex-shops, haciendo referencia el nombre a la denominación de un club porno sadomasoquista de La Haya: “El Ministerio del Dolor”. La razón fundamental que tienen para estudiar serbo-croata es porque es lo más fácil y sirve para alargar la estancia en el país si no tienes visado, además de ser un camino rápido para obtener un titulo holandés o una beca. Ante esta perspectiva, Tanja decide no complicar más las cosas a sus alumnos y, tras asegurarles que todos conseguirán buena nota, inicia unas clases que se van transformando en una especie de sesiones de terapia de grupo donde se comparten nostalgias, vivencias y opiniones que van recuperando un pasado que les une. Se trata de “un proyecto, un juego en la clase, un «trabajo» de catalogación de la cotidianidad de la antigua Yugoslavia”.
Lejos de sentirse como ganadores de una patria, se sienten como si les hubieran arrebatado su pasado. “De pronto, todos nos habíamos quedado sin testigos, sin padres, sin familia, sin amigos, sin conocidos, sin allegados con los que repetir el material de nuestras vidas”. Deben superar los escollos de todo aquello que supuestamente les diferencia para volver a recuperar un espacio común, a través de las películas, programas de televisión, canciones, chistes nacionales, episodios de la infancia… Es un camino tortuoso ante el que la protagonista alberga serias dudas: “al prohibir recordar el pasado común, los ideólogos de los nuevos estados habían provocado el efecto contrario: la prohibición incrementaba la atracción. Me preguntaba si al estimular el recuerdo destruiría el aura dorada”.
Lo que trasluce detrás de la prosa limpia y directa de Ugresic es una reflexión sobre la identidad, sobre las raíces, sobre aquello que conforma la memoria colectiva del ser humano. Personas que han huido de la guerra y que se dejan llevar por la vida, diseminados por diferentes países, y que se refieren unos a otros como “los nuestros”. En ese “los nuestros” entran todos: bosnios, croatas, serbios, albaneses… Sufren las consecuencias de una guerra que buscando reafirmar la propia identidad les ha abocado a vagar como almas en pena, reconociéndose como compatriotas y como enemigos, con un pasado en común y un futuro incierto, muchos de ellos esforzándose por encontrar una identidad nueva en otro lugar, arrastrando su bagaje personal en bolsas de plástico de rayas azules, rojas y blancas, acostumbrándose a vivir con un permanente desasosiego y a contener una infinita nostalgia.
Hacia el final podemos leer: “El regreso al país del que hemos venido es nuestra muerte, quedarnos en los países a los que hemos llegado es nuestra derrota”.
Pese a que la autora huye del dramatismo y marca una eficaz distancia con lo que nos cuenta, lo cierto es que se va apoderando del lector un sentimiento de tristeza, de impotencia ante el sufrimiento de esa gente que ha perdido su pasado y que intenta salir adelante, como si chapotearan en una gran masa de arenas movedizas. Dubravka Ugresic compone una obra compleja desde la que, con un tono aparentemente aséptico y salpicado de pequeñas dosis de un humor amargo, expone su rabia, su indignación y su dolor.

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Solo con in vitación: La ciudad del Gran Rey, Óscar Esquivias

Ediciones del Viento, La Coruña, 2006. 404 pp. 20 €

La locura imaginada por Óscar Esquivias (Burgos, 1972) o, quizá resulte más acertado decir, el ambicioso proyecto convertido en trilogía «dantesca» que el escritor iniciaba en Inquietud en el Paraíso (2005), continúa ahora con La ciudad del Gran Rey, la aventura en el Purgatorio que se iniciaba en las últimas páginas de la entrega anterior. En realidad, para la primera novela Esquivias inventaba un auténtico trastorno que se torna en colectivo cuando la realidad histórica inicia el conflicto bélico de 1936 en la ciudad de Burgos, indiscutible bastión y baluarte de la rebelión militar, posterior centro de operaciones del ejército franquista. Así, un enigmático don Cosme Herrera cree poder acceder al Purgatorio a través del sepulcro del primer traductor al castellano de la obra del florentino, el arcediano Fernández de Villegas, para poder redimir, de alguna manera, la locura iniciada por el equívoco gobierno de la República.
La pretensión de Óscar Esquivias, indiscutiblemente ambiciosa e inteligente, no es otra que novelar parte de nuestra historia reciente, un tanto maltratada y vituperada en crónicas y documentos del momento, por la literatura y la realidad del 36, y las décadas posteriores. Aunque el escritor ensaya un más allá y a golpe de página va narrando y cincelando el ambiente de una sociedad tan conservadora e histriónica como la burgalesa, es decir, su rancia actitud ante los acontecimientos que se pregonaban muy a principios del siglo XX. El sarcasmo, la ironía, la mofa del escritor burgalés sobresalían en las mejores páginas de Inquietud en el Paraíso, y por ellas desfilaban párrocos, obispos, pequeño burgueses o militares, junto a liberales y progresistas que anteponían la legalidad del régimen constitucional a un conservadurismo caduco. El planteamiento narrativo ensayado mostraba ya en su primera entrega una visión expresionista que dotaba al relato de una riqueza de registros que se concretaban en un ritmo pausado de perfecta consecución y una sutil e irónica visión de las situaciones descritas. Todo ello narrado, además, con ese rigor histórico que en la segunda entrega La ciudad del Gran Rey se ha sacrificado para convertir el relato en auténtica ficción, en literatura; porque, entre otras muchas cosas, ahora sí, ofrece la peripecia divertida de una visión de conjunto que nos brinda la verdad de la primera y la ficción de la segunda de la mejor manera posible, fabulando o imaginando como siempre se espera de la buena literatura.
La ciudad del Gran Rey es el sueño de la expedición iniciada en la catedral de Burgos y a ese desconocido lugar a donde llegan los excéntricos personajes capitaneados por el sacerdote y el comandante Paisán. Pero, en realidad, cuando uno avanza en su lectura no llegamos a saber muy bien si realmente el Purgatorio se parece a Burgos, o quizá la propia ciudad castellana se parece a ese lugar celestial. Aventura tras aventura, los intrépidos visitantes deberán aprender a vivir en una esfera donde constantemente se pierden en el laberíntico espacio de unas calles y plazas que cambian de aspecto o de nombre, y sólo consiguen sobrevivir en un blocao donde, atrincherados, resisten hasta que don Cosme vuelva de su infortunada enfermedad y, una vez consciente, logren encontrar la traducción de Villegas, y sean capaces de identificar la puerta de vuelta a su querida ciudad. Resisten, durante buena parte del relato, porque reciben la orden de no bajar al Infierno y optan por encontrar la manera de valerse heroicamente en medio de la anarquía más absoluta, viven situaciones que se parecen a lo que ya conocen en su Paraíso particular, aunque a medida que pasen los días se verán envueltos en medio de una serie de lances entre los que tendrán que adivinar, conjurar o valerse de ungüentos y pócimas para buscar la salida. Entretanto, nuevos personajes se asoman a un relato que sobresale por su ingenio, por un calculado humor y un ácido sarcasmo que le sirve a su autor para repasar algunos episodios de nuestra historia o para poner en tela de juicio ciertos valores, como por ejemplo, la utilidad y validez del dinero, porque allí lo único valioso que pude tener un habitante son sus dientes y sus muelas.
Óscar Esquivias consigue hilvanar una historia repleta de acontecimientos, algunos absurdos y tan extraordinarios como imposibles, reflejo de una sociedad castigada entonces y secuela hoy de la mezquindad que caracteriza al ser humano. Sólo los limpios y puros conseguirán sobrevivir en un mundo posible como Esquivias ha querido imaginar. El resto quizá sucumba en ese Infierno que aún nos tiene que contar el escritor burgalés, pero esa será una nueva aventura que cerrará una trilogía sobre nuestra historia con excelentes dosis de humor y la mejor de las imaginaciones.

Óscar Esquivias: «Me interesa hacer literatura, explorar el alma y los sentimientos de una serie de personajes y contar una historia apasionante»

¿Dónde te sientes más cómodo, en el Paraíso, en el Purgatorio o en el Infierno?
—La verdad es que me siento más cómodo en el planeta Tierra.

Cuando te planteaste escribir esta historia, ¿pensabas que debería ser toda una trilogía para explicar la reciente historia de España?
—Mi propósito no es explicar la historia de España, Dios me libre: a mí me interesa hacer literatura, esto es, explorar el alma y los sentimientos de una serie de personajes y, a través de ellos, contar una historia apasionante con las palabras más persuasivas. Me apoyo en la Divina Comedia de Dante y de ahí la estructura tripartita del relato, que me sirve para jugar con los géneros literarios.

¿En aquella época, la ciudad de Burgos, a cuál de los lugares visitados por tus personajes se parecía más? ¿Y a los de Dante?
—En La ciudad del Gran Rey quería describir un espacio que resultara al tiempo familiar y fantaseado, como si los personajes no hubieran abandonado del todo España y hubieran entrado en un sueño en el que lo cotidiano se presentara como algo misterioso o amenazante. El mundo que dejan atrás los hombres que se internan en el Purgatorio no es más lógico ni humano que el que se encuentran en el Más Allá, al contrario: en La Ciudad del Gran Rey la violencia no tiene justificación, sucede como si fuera una fuerza de la naturaleza, ajena a la voluntad de los hombres. En 1936 se declaró una guerra en nuestro país porque hubo personas que se empeñaron activamente en imponer sus ideas (o sus intereses) por la fuerza. Desde este punto de vista, la España (no sólo Burgos) real, histórica, es mucho más desasosegante que cualquier escenario fantástico (incluidos los dantescos).

La ironía y el sarcasmo pueblan las páginas de tus dos novelas hasta el momento, ¿es necesario que el lector sonría de vez en cuando ante tanta atrocidad?
—No sé, no tengo una teoría definida al respecto. El humor tiene muchas manifestaciones y, en mi caso, a menudo surge en el proceso de escritura, sin que yo lo hubiera previsto de antemano. Creo que nunca he pensado: “Voy a escribir un capítulo o un cuento divertido”, mis ideas de partida jamás son cómicas. De hecho, soy la persona menos chistosa del mundo.

Si te dijera que el proceso de escritura de estas tres novelas se parece bastante a un proyecto barojiano, ¿qué me contestarías?
—Me encanta Baroja y todo lo que se pueda adjetivar como «barojiano» me interesa, así que no voy discutir a quien me aplique tal adjetivo (aunque me pueda parecer exagerado o inexacto, pero ¿a quién le molesta que le piropeen?). Inquietud en el Paraíso, con sus conspiradores, curas disparatados, militares y demás, quizá sí tenga un aire barojiano, pero no creo que sea el caso de La ciudad del Gran Rey, demasiado fantasiosa para lo que acostumbraba a escribir don Pío (me parece a mí, vaya).

Un adelanto para el curioso lector de tu próxima novela: ¿qué ocurrirá en el Infierno?
—Cualquier cosa. Ahora mismo estoy escribiendo esa parte y lo estoy descubriendo…

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Las lanzas rotas. Sixto el celtí bero, León Arsenal

Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza 2006. Edhasa, Barcelona, 2006. 320 pp. 18,50 €

Las lanzas rotas es una novela muy sencilla. Y no es un reproche. En estos tiempos de larguísimas pentalogías, sagas eternas y multitudes de perversísimos personajes que le hacen la vida imposible al noble protagonista, una novela sencilla es muy de agradecer.
La peripecia se puede resumir así: sobre el siglo I, el joven celtíbero Sixto/Miro (uno es su nombre romano, el otro su nombre celtíbero) regresa a su hogar, después de casi toda su vida viviendo entre romanos, y tiene que hacerse un hueco entre los suyos. La aparición de un oso comedor de hombres le ofrece la oportunidad de demostrar su valor y de ser aceptado realmente como guerrero de su pueblo.
A lo largo de las páginas de Las lanzas rotas, el lector participa en la peligrosa aventura externa del joven cazador y a la vez en la mucho más interesante aventura de su propio crecimiento interior. Es un Bildungsroman de hace dos mil años, cuando el proceso de maduración no pasaba tanto por el crecimiento intelectual sino mucho más por la demostración pública de valores viriles: el arrojo ante las fieras y los enemigos, la lealtad de la sangre, la obediencia al jefe del clan, la habilidad en el manejo de las armas… Y es también una educación sentimental a través de la cual el protagonista irá descubriendo su lugar, no sólo en el mundo de los hombres, sino también en su comportamiento frente al eterno femenino, encarnado en esta obra en una mujer libre y selvática que tiene algo de hechicera y algo de Eva.
León Arsenal, que tanta imaginación ha demostrado en novelas como Máscaras de matar, y tanto lirismo en relatos inolvidables como “Ojos de sombra” (mi favorito absoluto dentro de su producción), demuestra en esta novela que su sencillez es intencionada, que lo que quiere hacer es precisamente eso y no otra cosa: mostrarnos el conflicto de identidad que sufre un muchacho que ya no es del todo celtíbero pero tampoco ha llegado a ser del todo romano, un conflicto de absoluta actualidad en nuestro siglo XXI en que cada vez hay más gente que ya no es «ni de aquí ni de allá» como decía la canción de Alberto Cortez.
Roma fue, en nuestras latitudes, la primera gran potencia globalizadora que fue fagocitando toda cultura con la que se encontraba hasta el punto en que, hoy en día, sólo los historiadores saben que en algún momento existieron esos «celtíberos pelendones» que ahora nos muestra Arsenal. Y eso lo hace con una frescura deliciosa, sin darnos más detalles de los estrictamente necesarios, sin martirizar al lector con largas descripciones para rentabilizar toda la documentación que ha tenido que estudiar para hacer surgir ese mundo frente a nuestros ojos.
León Arsenal nos cuenta en la novela la dura vida de unas personas que, a pesar de estar separadas de nosotros por casi dos mil años, son como nosotros —en sus ambiciones, sueños, anhelos y problemas— y a la vez no lo son porque las circunstancias que les tocó vivir eran diferentes y la manera de enfrentarse a ellas era también distinta por necesidad.
En manos de algunos anglosajones, Las lanzas rotas sería sólo el comienzo de una pentalogía: el nacimiento del héroe, la presentación de sus camaradas —tengo que confesar que me habría gustado ver más veces a Terialuga, ese brujo-herrero, medio hermano del protagonista y grandísimo personaje— para luego embarcarlos durante mil páginas en aventuras cada vez más rocambolescas. León Arsenal se contenta con mostrarnos un vislumbre de un mundo perdido, la pequeña peripecia de un muchacho entre dos mundos por labrarse una identidad en una sociedad tradicional que se hunde bajo el dominio de la Roma victoriosa y sofisticada.
El héroe de esta novela no lucha contra dragones, ni se enfrenta con un puñado de valientes a un ejército de orcos, ni tiene de su parte las artes mágicas de un poderoso mago, aunque sí hay magia: la magia natural de un pueblo primitivo. Su deber —autoimpuesto y por eso más terrible— es cazar un oso enorme y sanguinario; su apuesta es su propia vida y la de sus camaradas. Es una novela histórica, no una fantasía épica al uso. Sencillez. Menos es más.
De todas formas, y casi contradiciéndome a mí misma, no me molestaría leer más aventuras de Sixto/Miro y Terialuga, enfrentados ambos a ese vacío existencial, ese hueco por llenar que tan bien conocemos los que llevamos la mitad de nuestra vida en otro país, en contacto con otra cultura. No. No me molestaría en absoluto verlos luchar juntos para alcanzar su lugar en el mundo.

Las cosas per didas, Lydia Carreras de Sosa

Ilustraciones de Javier Zabala. Edelvives, Madrid, 2006. 115 pp. 7 €


Lydia Carreras de Sosa resultó ganadora del XVII premio Ala Delta de literatura infantil con una novela nada usual. Las cosas perdidas es un libro atípico, por ello no quisiera dejar de señalar que el fallo del jurado —compuesto por Manuel L. Alonso, Carmen Blázquez, Carmen Carramiñana, Marina Navarro y Mª José Gómez-Navarro—, fue muy valiente al premiar esta obra, por diversos motivos. No sólo porque la novela tiene localismos y algún giro propio de su país, Argentina, sino principalmente por su temática arriesgada. Las cosas perdidas trata un tema adulto, la cleptomanía, vista a través de los ojos de un niño.
Estanislao, al que todos llaman Tani, se enfrenta de muy mal humor a un cambio de casa. Así comienza la historia, con la mudanza. El niño vive esta decisión adulta como una imposición que no le gusta y como un foco de problemas. Está enfadado y lo demuestra haciendo patente su indiferencia. La autora plasma esta circunstancia a la perfección al hacer que Tani, por dignidad, no sucumba ni siquiera ante las tentadoras pastas de limón, permaneciendo impertérrito pintando en el suelo sin dar su brazo a torcer.
La familia de nuestro protagonista la componen su hermana pequeña Paz, su padre y su madre, y otros dos personajes, esenciales además para la trama: tío Daniel y tía Ana. Nada más arrancar el primer capítulo aparece el conflicto: Tani ve cómo Daniel coge intencionadamente algo, en apariencia sin importancia —una cucharita—. Su mentalidad infantil se resiste a aceptar la evidencia, que su tío está robando, y contemplar cualquier explicación como plausible, incluso llega a creer que es un broma y que en cualquier momento desvelará a todos su intención, cosa que no sucede. A partir de ese suceso y de otros parecidos que se van produciendo en su casa, Estanislao inicia junto con su amigo Paco, una labor detectivesca para aclarar, o más bien demostrar, el origen de las desapariciones. Tani, además, se debate entre la certeza y la incredulidad, y no sabe cómo hacer a sus padres partícipes del problema. La resolución del conflicto se produce de forma inesperada y liberando a Tani de la responsabilidad de ser quien descubra a su tío ante los ojos de todo el mundo.
La novela está narrada por el niño en primera persona. Esto confiere viveza a la acción pero, a la vez, permite que el protagonista de Las cosas perdidas reflexione sobre los acontecimientos y sobre sus propios sentimientos. Tal y como el propio Tani dice en la página veinte del libro:
«Pero yo tengo una voz en mi cabeza que me tiene a raya.»
Esto, además, le da a la narración un punto de vista subjetivo y la reviste de cierto aire intimista poco habitual en la literatura infantil.
El amor también aparece, aunque tarda (página 94), de la mano de Elizabeth, con la que Tani vive esa experiencia única del primer enamoramiento. En Las cosas perdidas, se cuida el tratamiento de valores como la amistad, la lealtad o la familia. Parece importante a estas edades, además de iniciarles en la literatura, que no nos sea indiferente el tratamiento que se le da a ciertos temas. Por eso si se trata de educar en valores, si es que se trata de eso también, no puedo dejar de señalar que olvida uno de vital importancia: la igualdad entre niños y niñas. A lo largo de la novela nos encontramos con situaciones como que mientras los dos niños juegan al balón, las niñas ayudan a la madre a poner la mesa (pág. 19). O en la página 105 en la que mientras la madre recoge y friega los platos, padre e hijo comparten charla y confidencias. A mí, como a muchas personas que trabajan en coeducación me parece importante huir de los roles sexistas de una vez. Aunque debo decir, en honor a la verdad, que yo estoy especialmente sensibilizada con estos temas, y que la novela termina con una cena improvisada que hacen padre e hijo y, aunque les sale horrible, lo que cuenta es la intención

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Solo con in vitación: Las corrientes oceánicas, Félix J. Palma

XV Premio Luis Berenguer de Novela. Algaida, Sevilla, 2006. 335 pp. 19,70 €


Si me encargaran la difícil tarea de confeccionar un equipo de fútbol sala —en mi barrio se dice futbito— con los mejores cuentistas de este país, no me cabe duda de que colocaría en la delantera a Félix J. Palma. Es decir, dos quiebros, un regate potente, eléctrico y habilidoso —pobre cintura del defensor— y gol por la escuadra. Pidamos un tiempo muerto, que el partido está prácticamente sentenciado. Compulsivo ganador de premios literarios en su modalidad breve, pobres contrincantes, los de mayor enjundia, por dotación y tradición, se agolpan en el morral del gaditano Félix J. Palma. Cuentista —excepcional— que hereda los mejores métodos y modos del pasado, pero que sigue avanzando en el camino, asciende un escalón y otro —y otro más—. Todoterreno singular, la ciencia ficción, el costumbrismo, el humor o la realidad son espacios en los que Félix se maneja con soltura, generoso en cintura, regatea y pasa el balón, se desmarca y otro gol. Esto parece el España-Malta. Sin embargo, como esas excepciones que transforman las reglas en el manual de la torpeza, dentro de nuestras letras —patrias— hay tópicos que se suelen formular con cierta temeridad e insistencia. Por ejemplo, los poetas son narradores empalagosos y venecianos —a veces, no siempre—, o todos los cuentistas naufragan, se ahogan, en el océano que puede considerarse una novela, acostumbrados a sus cómodas piscinas —hablo de tamaños—. Palma no naufraga, no, y si me encargaran la difícil tarea de confeccionar un equipo de fútbol —fútbol— con los mejores novelistas de este país, mantendría en la delantera al gaditano. En las distancias largas, con campo para correr, su regate sigue siendo potente, eléctrico y habilidoso. Las corrientes oceánicas, su última novela, certifica esta afirmación.
Somos un puzzle y tardamos años en ordenarnos, en mostrarnos como un ente —supuestamente— perfectamente estructurado. De hecho, hay quien se pasa la vida tratando de encajar esa pieza o piezas que siempre permanecen sueltas y que nos muestran esos abismos que nunca llegamos a conocer de nosotros mismos. Sergio muere antes de que haya podido completar su puzzle y Alberta Ballesta, su padre, no encuentra otra excusa para seguir estando en este mundo que afanarse en la tarea de acabar con la obra iniciada por su hijo. La obra iniciada por su hijo no deja de ser una tarea/obra propia, ya que la búsqueda propicia la reconstrucción de un pasado obviado. Félix J. Palma, a lo largo de su trayectoria, literaria siempre ha mantenido una especial predilección por los personajes poliédricos, por lo milagroso o alucinante que se puede encontrar en cualquier personaje con aspecto y vidas convencionales. Esta resurrección de lo cotidiano, como plataforma hacia ámbitos extraordinarios, esta posibilidad de escapar de la sombras de la rutina, vuelve a aparecer en Las corrientes oceánicas. No es ésta la única característica de la casa, genuino Palma, que se repite en la novela. Despliega el de Sanlúcar de Barrameda en toda la narración ese humor lánguido, esa carcajada soterrada, esa ironía velada, que algunos se atreverían a calificar como una derivación del humor negro, y que no deja ser un eco de la ‘guasa’ gaditana, que es un artilugio difícil de explicar y más aún de aplicar. Félix lo aplica con gran intensidad, y el texto, el latido de la narración es contundente y sonoro, gana en textura y en emociones, humaniza los personajes y las situaciones, lo barniza todo —y a todos— de veracidad, los transforma en personas de carne y hueso. Una cualidad que escasea en la novela actual, que, como un Gran Hermano cualquiera, insiste en el uso, en la repetición cansina, de los estereotipos, de los personajes resumen de otros muchos personajes muy similares. La globalización también ha llegado a la novela de nuestros días, desgraciadamente. Los personajes de Palma siempre son diferentes, y por ello no dejan de ser absolutamente creíbles.
Las corrientes oceánicas es una obra extraña en nuestros tiempos, donde la ligereza, lo superfluo cuenta con gran cantidad de adeptos y seguidores. Una novela de las emociones articulada sobre las emociones reales, y no sobre las definiciones de las emociones más estandarizadas. Para todo aquel que siga la trayectoria más breve, como cuentista, de Félix J. Palma una simple recomendación: no tiene nada que temer. Sumérjase en Las corrientes oceánicas como en cualquiera de sus cuentos y cuando se quiera dar cuenta habrá alcanzado la página 335. El próximo puerto en breve, tras un par de quiebros y una carrera por la banda.

Félix J. Palma: «No soy cuentista. Soy contador de historias, sencillamente»

Te adentras en un drama, o en una historia con aspecto de drama, pero en multitud de ocasiones recurres al humor. ¿Desacralización del dolor o método de supervivencia?
—Evidentemente esto último. Siempre he creído que el humor es un método de supervivencia justo y necesario, un medicamento aconsejable para casi cualquier caso. Supongo que en esta novela quise despejar ese “casi”, ver si se podía aplicar a una situación tan extrema como es la muerte de un hijo. Para que resultara creible tuve que componer un personaje muy “especial”, que observara el mundo con una mirada lúdica, la vida como una función con un libreto malvado que sólo podemos acatar, lo que, por otro lado, lo hermanaba con los personajes que transitan por mis cuentos. Sabía que corría el riesgo de resultar irrespetuoso, de “desacralizar el dolor”, como dices, pero preferí jugármela: de todos modos narrar una tragedia en clave trágica era lo convencional, y yo quería que el lector, aparte de llorar, también riera. Preferí arrancarle una carcajada incómoda a una lágrima fácil.

En la novela el Palma cuentista se muestra muy cómodo, no desfallece en la carretera. ¿El Palma novelista se vale del cuentista, lo domestica, lo acorrala o lo dopa?
—Siempre he dicho que, a pesar de que mi bibliografía parezca desmentirlo, no soy cuentista. Soy contador de historias, sencillamente. Y creo que la osamenta más idónea para vertebrar una historia, la que más puede explotarla, es la que se reconoce propia del relato. Es por ello que de todas las normas no oficiales del cuento con la que menos comulgo es con la de su brevedad. Creo que un cuento, es decir, una historia, debe tener la extensión que su trama exige, y que puede ser cualquiera. Según ese credo, supongo que equivocado, yo siempre escribo cuentos, aunque los que pasan de las ciento cincuenta páginas tenga que enviarlos a los concursos de novelas.

Tu novela plantea un viaje interior muy intenso, de hecho Ballesta conoce mejor a su hijo una vez muerto. ¿Exaltación de los recuerdos como lo poco que poseemos?
—Bueno, no lo había visto así, pero puede que haya querido demostrar eso inconscientemente, quién sabe. En el fondo, salvo por las fotos y grabaciones de vídeo, los recuerdos es lo único que conservamos de lo vivido, y me resulta fascinante cómo en muchos casos los recuerdos resultan más hermosos que los acontecimientos originales. De todos modos, yo diría que el protagonista de la novela más bien aprende a amar a su hijo, al tiempo que comprende que éste también lo amaba a él, y es que a veces algunos tramos de nuestras vidas se sustentan sobre terribles y poco prácticos malentendidos.

¿Por qué escogiste un padre y un hijo?
—En este caso fue la trama la que escogió a los personajes. Por lo general es lo que suele ocurrirme. No me planteé escribir la historia de un padre y un hijo, y busqué el modo de envolverlos en una historia atractiva. Fue al revés: quería narrar una historia de pérdidas e incomunicación, con un héroe desganado que fuese tirando del hilo de la trama de un modo casi casual. Una epopeya absurda y obsesiva. Cuando comprendí que la historia debía estar protagonizada por un padre y su hijo confieso que me aterré, ya que no sólo tendría que imaginar lo que supone la muerte de un hijo, sino lo que supone tener un hijo, ya que hasta el momento, que yo sepa, no tengo ninguno. Me lo tomé como un reto, y quizás los comentarios que más me emocionan son aquellos que celebran lo lograda que está esa parte del libro

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Vladimir Nabokov. Los años ame ricanos, Brian Boyd

Trad. Daniel Najmías. Anagrama, Barcelona, 2006. 964 pp. 39 €

Si los colonos conquistaron América con un rifle en una mano y una Biblia en la otra, Nabokov lo hizo con un cazamariposas y los cuatro volúmenes del Diccionario Dahl de tapas duras. Eso y cien dólares con los que quiso pagar el taxi a su llegada al puerto de Nueva York, en mayo de 1940, a bordo del Champlain. Va acompañado de su inseparable Véra y del pequeño Dmitri y lo único que tienen son esos cien dólares y ninguna perspectiva laboral en el nuevo país.
En esta primavera de 1940 abre Los años americanos, de Brian Boyd, la biografía más documentada y exhaustiva que se ha escrito sobre el autor, precedida de Los años rusos, otro voluminoso caso de rigor investigador y que ha ocupado más de diez años de trabajo del biógrafo, actualmente profesor en Auckland, Nueva Zelanda. Boyd ha llevado a cabo una obra monumental, un registro abrumador de cada paso de Nabokov, una incansable caza y captura de datos y fechas que en ocasiones lleva al lector a dudar de que los hechos y los acontecimientos sean por sí mismos más veraces que la vida.
Nabokov aparece minuciosamente fichado en la obra de Boyd, pero para ver y oler y tocar al sinestésico de Nabokov hay que leer Opiniones contundentes o la extraordinaria Habla, memoria. Ésta última acaba cronológicamente donde empieza Los años americanos, a su llegada a Nueva York.
Los primeros meses sobrevivieron con las clases particulares de ruso que Nabokov impartía hasta que la casualidad llevó a que ése verano un primo suyo conociera a Edmund Wilson, considerado el mejor crítico literario de la época y entonces director de The New Republic, donde Nabokov empezó a trabajar casi de inmediato, pero no por mucho tiempo (aunque nunca dejó de colaborar, para bien o para mal, con Wilson). Poco después encontraría una plaza como profesor de ruso en el Wellesley College (Cambridge, Mass.), de donde pasó a la Universidad de Cornell (Ithaca) en 1948, de ahí a Harvard (Cambridge, Mass.) en 1951 y vuelta a Cornell, siguiendo la tradición americana de cambiar de ciudad con cada nuevo trabajo y que al fin y al cabo constituye uno de los tres cimientos sobre los que se levanta el país: el rifle, La Biblia y la movilidad laboral.
Sus programas eran de literatura rusa («La literatura soviética no existe», subrayó sobre un proyecto de curso que le propusieron impartir) y europea y en ningún momento disimuló sus simpatías y antipatías literarias; nunca le entusiasmó Dostoyevski y El Quijote se le atravesó desde el primer momento como rueda de molino. A sus clases, cada año más populares, asistía Véra de ayudante, sentada en la primera fila, escribiendo palabras y términos rusos en la pizarra. Era ella quien una vez acabado el curso se sentaba al volante del Oldsmobile («mi Oldsmobile se traga los kilómetros como un fakir traga fuego», diría una vez) y cruzaban el país de costa a costa en busca de mariposas, una actividad para Nabokov tan preciada o más que la literatura misma (llegó a tener un puesto sin remuneración en el Museo de Zoología Comparada de Harvard y su colección privada estaba a la altura de la de un lepideroptólogo profesional). Sentían predilección por los parques nacionales y pasaron muchos veranos en moteles y lodges y hoteles de carretera.
A comienzos de julio de 1948 se detuvieron en el Skyline Ranch, en el cruce de dos carreteras, una procedente de Placerville y la otra de Dolores. Lolita estaba a punto de sacar su piruleta americana. La piruleta rusa se la había chupado ya enterita en La dádiva y en El hechicero, más de veinte años atrás. A Nabokov le llevó cinco escribir Lolita, entre cursos académicos y la interminable traducción de Eugenio Oneguin, y tuvo que esperar dos más hasta verla publicada en Olympia Press, la pequeña editorial francesa de Girodias, un editor que se dedicaba a publicar todo tipo de pornografía que cayera en sus manos y que acabó siendo la pesadilla privada de Nabokov (Lolita había sido rechazada por todas las editoriales norteamericanas a las que envió la obra).
A partir de ese momento, julio de 1955, Lolita será censurada, confiscada y llevada a juicio en Francia y en Inglaterra y pasarán tres años más hasta que se publique en Estados Unidos, con lo que las aventuras de Lolita obra y de Humbert personaje acabarán corriendo la misma extraña suerte de transfuguismo y tribunales. Será Putnam’s quien la publique en América finalmente, el 18 de agosto de 1657. El día 21 del mismo mes lanzaba su tercera edición. Para entonces Nabokov ya había recibido noticias de Kubrick, quien quería llevar Lolita a la pantalla y le pedía que escribiera él mismo el guión de la película con la sorprendente condición de que al final Humbert y Lolita contrajeran matrimonio. No un herpes. Matrimonio.
Nabokov fue a Hollywood. Conoció a Kubrick, fue a cócteles nocturnos donde bebió camparis junto a Gina Lollobrigida y Marilyn Monroe y al quinto mes se cansó de Beverly Hills y se fue a High Sierra a escribir el guión. Cuando meses después lo envió a Kubrick éste dijo que era el mejor guión escrito jamás en Hollywood (se acaba de publicar en España, en Galaxia Gutenberg). El guión final, reescrito por Kubrick, no conservó más que algunas pocas líneas de diálogo del original.
Nabokov y Véra regresaron a Montreux, Suiza, a donde había ido a pasar una temporada en 1959 para promocionar Lolita y estar cerca de su hijo Dmitri. Zarpó del puerto de Nueva York dejando atrás tres obras fundamentales como Lolita, Pnin y Habla, memoria y veinte años de vida en un país que le vio llegar como un desconocido de altas mejillas eslavas y lo vio partir como uno de los mejores escritores en lengua inglesa que dejó el siglo, una abultada cartera y el aspecto rechoncho y lustroso de un pensionista de Florida.
En Montreux se alojaron en el Montreux Palace Hotel, a donde llegaron en septiembre y donde acabaron quedándose a vivir, sin proponérselo, hasta la muerte de Nabokov. Ocupaban la sexta planta del ala Cygne, con vistas al lago, cuyo resplandor asalmonado iluminó Pálido Fuego, Ada o el ardor y Cosas transparentes. Y la traducción de Eugene Oneguin.
Los años sesenta y setenta fueron de relativa tranquilidad para Nabokov, con largos viajes y cacerías de mariposas por Francia e Italia, reencuentros con familiares a los que no había vuelto a ver desde 1940 y frecuentes entrevistas para prensa y televisión, a las que solía contestar por adelantado y por escrito. «Raymond Queneau y Alain Robbe-Grillet», fue lo que contestó cuando le preguntaron por los escritores franceses que mejor consideraba. La traducción anotada (1.200 páginas de notas) de Eugene Oneguin se publicó finalmente en cuatro pesados volúmenes, en 1964, en la editorial Bollingen.
En la primavera de 1977 se encontraba trabajando en la que sería su última novela, The original of Laura, cuando tuvo que ser ingresado por una infección recurrente que había contraído dos años atrás al operarse de la próstata. Después de semanas de accesos febriles murió en el hospital del Lausana, el 2 de julio de 1977, acompañado por Dmitri y por Véra, esa chica de pelo blanco que no frenaba en la carretera cuando la policía le daba el alto por ir a cien por hora y que le sobreviviría quince años más.
«Confieso que no creo en el tiempo. Me gusta plegar mi alfombra mágica, tras haberla usado, de forma que una parte del dibujo quede superpuesta a la otra. Que tropiecen las visitas, no importa» (Habla, memoria).

Esta do y cultura. El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo, 1940-1962, Jordi Gracia

Anagrama, Barcelona, 2006. 448 pp. 20 €


Se oyen voces que afirman que Estado y cultura, el nuevo libro de Jordi Gracia, no supera al anterior, pero se les olvida decir que ni era ésa la intención (en todo caso lo sería la de mejorar la primera versión de este libro —publicada en 1996 con título idéntico y procedente de la tesis doctoral de Gracia— y eso sí que lo consigue) ni era una tarea fácil, ya que La resistencia silenciosa (Anagrama, 2oo4) es sin discusión uno de los mejores ensayos que se han publicado en España en lo que llevamos de siglo, ampliamente premiado, justamente aplaudido y prodigiosamente escrito (y pienso sobre todo en su prólogo, titulado “Confidencias”, que es uno de los más inteligentes y emocionantes testimonios generacionales que conozco).
Estado y cultura debía y quería ser otra cosa. En buena parte, sin embargo, sí que es complementario del anterior porque las tesis y conclusiones son parecidas, y este “nuevo viejo libro” viene a aportar más datos, textos y pruebas para apoyar lo que en aquél se defendía. Con éste tenemos, actualizado, un repaso (necesariamente apresurado e incompleto, pero en absoluto superficial) de lo que fueron y lo que significaron revistas como Ínsula, Índice de Artes y Letras, Laye, Revista o Papeles de Son Armadans (Gracia se muestra generoso con Cela, resarciendo un tanto su discutida figura), o determinados premios literarios, o reuniones de escritores, o grupos de artistas, o tendencias arquitectónicas que, procedentes a veces de círculos falangistas muy netos o grupos católicos muy ortodoxos, fueron los primeros en utilizar un lenguaje, unos códigos, unas alusiones que, al principio tímidas y prudentes (o incluso involuntarias) y después muy explícitas, muy valientes, muy serias, comenzaban a abrir grietas en la tosca piedra de la cultura y la sociedad franquista, consiguiendo pequeños avances y cometiendo transgresiones cada vez más audaces hasta llegar a un momento en el que abiertamente (y no sin problemas, a veces graves) se señalaba a la dictadura militar como lo que sin duda era y se la acusaba de la forma en que mantenía secuestrados a todos los españoles. La nómina es larga y los ejemplos numerosos: los que en los cuarenta comenzaron a publicar a notorios exiliados, reivindicándolos, entrevistándolos, manteniéndolos presentes; los que en los cincuenta hablaban de un cristianismo revolucionario que sin muchos disimulos quedaba emparentado con un marxismo muy activo; los que reseñaban libros y autores inéditos (eufemismo, en este caso, de “prohibidos”) o los traducían parcialmente para sus revistas; los que ensayaban novelas y relatos cuyo significado, apenas críptico, podía entender hasta el lector más torpe… Todos ellos, fueran más o menos valientes, estuvieran más o menos seguros con lo que hacían, tuvieran unas intenciones u otras, fueron los que de diferentes modos comenzaron a abrir el camino a formas de relacionarse, comunicarse u asociarse muy distintas a las oficiales de entonces y muy parecidas a la democracia en que ahora nos movemos. Ellos convencieron a sus compatriotas más inquietos de que era posible que todo fuese de otra forma, y de que se podían ir consiguiendo humildes éxitos que condujeran a un cambio de régimen natural, que, sin embargo, tardó en llegar mucho más de lo esperable. Así, Estado y cultura es también un pequeño pero decidido homenaje a aquellos hombres y mujeres que, lo advirtiesen más o menos, fueron los pioneros de nuestra libertad.
No me acaba de gustar el subtítulo, porque la conciencia crítica nunca duerme: es la voz crítica la que se ve obligada a callar, a esperar su momento, acumulando ideas y razones, aguardando el momento de hablar alto y claro. Pero el libro es estupendo. Supongo que al lector no especializado puede llegar a cansarle el exceso de información, o parecerle repetitivo o acumulativo, pero ése es el precio del rigor. Éste es un ensayo muy exigente que, pudiendo ir al grano de la interpretación general, del balance panorámico y abstracto, prefiere detenerse en cada caso, en cada cabecera de revista, en cada noticia relevante…, de los que extraer indicios, y, de ellos, interpretaciones e incluso lecciones.
En cualquier caso, todo nuevo libro de Jordi Gracia es una gran noticia (como cada nuevo artículo suyo, como cada una de sus certeras reseñas), un festín de información que no sobrará en ninguna estantería, y al que habrá que volver a menudo para consultarlo, para disfrutarlo, para aprender

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